Tiempo atrás, cuando la humanidad era más joven y el fin del mundo era la nueva que se escuchaba de oído en oído, se congregaron dirigentes y dirigidos, gobernantes y gobernados. Así la humana multitud había decidido subir a la montaña de los dioses para exigir, a los ya olvidados, la razón por la que el mundo que habitaban debía llegar a su fin y ellos con él.
Al llegar a aquella cima alejada hablo el párroco:
-¡Moradores de la cima!, nos hemos enterado que el mundo dejara de albergarnos en él, ¿por qué, digan por qué?
Y una diosa, de apariencia jovial y dulce más tan antigua como para ser olvidada ya hace muchas eras, contesto:
-Vosotros que marcháis hasta aquí, ¿no habéis visto que la tierra ya no es fértil ni el viento tan fresco?..
El científico interrumpió:
-Sí, pero, ¿no os da vuestro poder para darle nuevas fuerzas y regresarle su pureza?

A lo que dijo la diosa:
-Aun le regresemos su fortaleza y su pureza a la tierra y al viento, a las aguas y al fuego, el mundo se extinguiría, ¿no sabéis de la guerra y el hambre, del odio y la ignorancia?, son males que cual incendio devoraran toda la tierra…
El filósofo interrumpió:
-¿Y qué los dioses no pueden dar fin a esos males cual al mundo planean?
-Pero, ¿qué no sienten?, ¡si es vuestro corazón vivienda de esos males!-dijo la diosa- Y sabido es que el corazón y lo que en él se guarda no es menester sino de quien lo carga, ¿y qué es un Dios para flanquear esa ley?
-¿Pero por qué permitieron que esos males existieran si tanta oscuridad traerían?- dijo el poeta.

-Porque solo ante la noche la luz del sol es valorada al amanecer…-dijo la diosa.
-¿Amanecer?-dijo riendo el psicólogo- ¿Dónde está nuestro amanecer, nuestra salvación?
La diosa sonrió con compasión y dijo:
-Vosotros no debéis de preocuparos pues hemos puesto el Sol y con él la salvación a resguardo del ser más raro y extraño de todos, a cargo del ser que puede erguirse como rey sobre todo lo creado, a cargo del ser que es secreto de secretos…
-¿Quién es ese ser?- preguntó impaciente una anciana.
Con lágrimas en el corazón respondió la diosa:
-¡Cuánto han olvidado!, ¡El Hombre!, ¡el Hombre es ese ser!, ¡El Hombre guarda en si el Sol de un nuevo día!
Un murmullo se escuchaba bajo en la multitud, no sabían que decir. Pero, ¡oh, humanidad!, tras largo rato de confusión no se hizo sino lo que habían aprendido a hacer después de tanto tiempo en la oscuridad…
Y dijo un erudito cualquiera:
-¿Pero por qué hicieron cosa tan tonta?, ¿qué no ven cuan débiles somos? ¡Debieron haber sabido que al hacer eso el mundo se extinguiría!
Y entre la multitud se escuchaba:
-¡Es cierto!, ¡Vámonos, dejemos a estos dioses con su egoísmo y su torpeza!…

La multitud se disipo para así poder esperar el fin de todo entre sus posesiones y sus fiestas, entre el ruido de copas y discursos de falsas ciencias. Mientras que en el monte de los dioses aquella diosa, de nombre Amor, decía a su corazón entristecido:
-Oh mi corazón se fuerte pues entre tanta oscuridad una chispa puede brillar con la fuerza de mil antorchas, esperemos que no hayan olvidado que nosotros los moradores de este monte antes de ser dioses fuimos llamados hombres.
Por: G Arturo Silva R


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