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—REVISTA DIGITAL—

EL ANUNCIO, EL CARTEL EN EL TEATRO

En los orígenes del teatro europeo, no era necesaria la propaganda, el aviso, la publicidad o el cartel, para que la gente acudiera a estos espectáculos, ya que el pueblo pasaba la información de boca en boca. Con el desarrollo de este arte apareció el “anuncio”, mismo que se llevaba a cabo con la utilización de carretas o con aquellos trompeteros medievales que llamaban la atención para dar a conocer alguna representación. Así también, Armando de María y Campo nos da a conocer las siguientes notas que aparecen en su libro El programa en cien años de teatro en México[1].

            En España, los artistas del siglo XVI viajaban por villas y cortijos acompañados de un muchacho que recorría todas las calles tocando un tambor, para después detenerse y anunciar el lugar y la comedia a presentar. Para finales de ese siglo, en la península, los avisos solían ser manuscritos que llevaban una figura pintada alusiva al espectáculo. Para este entonces, al cartel se le conocía con el nombre de cartapel, palabra compuesta del latín charta (papel) y pellis (piel, cuero), ya que en sus orígenes solía ser de un trozo de cuero que tenía el propósito de avisar, anunciar o informar algún suceso o representación; posterior al cartel apareció la palabra programa o “anunciar por escrito”.

            En México, durante los siglos XVIII, XIX e inicio del XX, las presentaciones teatrales también se daban a conocer por medio de anuncios, programas, prospectos o tiras de los espectáculos. Los contratistas tenían la obligación de imprimir el programa de la función respectiva y a propósito no le especificaban la fecha de exhibición con la finalidad de utilizarlo en otras dos o más funciones. Así también, a finales del siglo XIX se anunciaban los estrenos de los famosos teatros, Nacional, Principal e Hidalgo, en cartelones que se consideraban obras de arte elaboradas por pintores escenográficos de cierto reconocimiento. En estos cartelones o producciones efímeras, se plasmaban escenas importantes, medulares del drama, pero cuando concluía la presentación, la imagen se borraba, se tapaba con pintura para reutilizar la tela en otra obra.

Durante la guerra de Independencia, los espectáculos prácticamente desaparecieron, pero una vez consumada la emancipación éstos cobraron vida. Gracias a las impresiones de anuncios, se pueden conocer las actividades teatrales en México, algunas de ellas, raras, curiosas, de bellas composiciones tipográficas e ilustraciones litográficas, en madera o simples grabados de una gran diversidad. En 1823 apareció un programa de mano que anunciaba una representación a beneficio de Don Antonio Rosal, este programa de composición tipográfica, sencilla, se imprimió en la imprenta del Águila, propiedad de José Ximeno, la cual contenía la siguiente nota importante para la historia de la escenografía y tramoya: “El encanto sin Encanto o la Mágica Aparente” estaría adornada con éstas transmutaciones: Primera: varios árboles que se convierten en estatuas, volando una de ellas desde el teatro a la cazuela y otras que desaparecen por los escotillones. Segunda: Todo el foro de la Montaña en vista al mar. Tercera: un árbol en magnífico trono donde aparece el galán.


[1] María y Campo, Armando de, El programa en cien años de teatro en México, México: Ediciones mexicanas, 1950.

Imágenes de archivo: Fabián Ruiz