En las 2 entregas anteriores hablamos de la inmediatez sensorial y sensible como rasgo esencial de la música y de la poesía cuando hay palabras en ella, o sea, de cómo la música conecta con nosotros y nuestras emociones de manera directa a través de nuestros sentidos, lavando y disolviendo todo -alguna vez escuché a una ponente de master classes decir que la música puede expresar “dolor” sin el “dolor”-, liberando o activando la experiencia misma: el gozo. Asimismo, cuando lleva letra (y le pones atención a lo que dice y cómo lo dice) es poesía, no sólo porque en el aspecto formal tiene que respetar el ritmo y cierto grado de rima, sino también porque la música les inyecta una emocionalidad y una vibración originales a las palabras, éstas adquieren un poder mayor que el de la lectura o la sola recitación, aun cuando lo que digan sea banal.
En esta tercera entrega vamos a abordar una preguntota, amigos: ¿qué hace que un conjunto y sucesión de sonidos sea música y no mero sonido o ruido? Bueno, pues básicamente 3 cosas: ritmo, armonía y melodía. Con esto, no obstante, no quiero abandonar mi actitud de plantear preguntas antes que respuestas, así que sólo voy a compartir algunas herramientas que te ayuden a dar la respuesta final TÚ. Otra aclaración muy importante: éste no es un espacio de lenguaje técnico ni de erudición porque tampoco soy musicólogo ni me interesa secretear con los sabihondos, sino platicar con todos los que pueda. Esta revista se llama “Acá entre nos”, pero el “nos” incluye a todos.
El corazón palpita, inspiramos y espiramos toda esta vida, el día y la noche se suceden, las estaciones, los movimientos de planetas y estrellas, todo siempre está vibrando, nos dicen la física y la física cuántica, y las neurociencias nos hablan de las ondas cerebrales, pam, pam, pam, pam… La
continuidad que da la constancia del pulso le da sentido… no, sentido no, certeza al tiempo, nos permite medirlo y acompasarnos con el tic-tic del segundero, por ejemplo, y es precisamente este pulso, el ritmo, lo que sostiene el fluir de la música -aunque a veces, sorpresivamente, lo variemos-, lo primero que la diferencia del sonido solo y del ruido: la medida del tiempo.
Para darnos cuenta del ritmo, pensemos en la mayoría de la música del último siglo. No siempre nos fijamos pero, detrás del glamour melodioso de una voz, una guitarra o incluso de un piano, sosteniendo el palpitar de una canción están las percusiones (lo más común es que sea una batería) y el bajo. Dado el caso, es muy fácil escuchar las repeticiones y/o compases (los periodos de tiempo) de las percusiones, pam, pampam pum-pam, pam, mientras que el bajo, ese cimiento tan despreciado a veces, también suele proporcionar constancia y continuidad mediante ciclos de notas graves sucedidos en tiempos exactos. Aquí tenemos pues la manifestación más evidente del pulso, aunque el corazón de la canción está en todos lados, sean notas graves, intermedias, agudas, silencios, percusiones o ruidos.
Hay música que súper manifiesta este tiempo determinado o ritmo, como la música africana y la americana prehispánica, el hip-hop, la mayoría de la música electrónica, la música minimalista estilo Phillip Glass, ritmos latinoamericanos como la cumbia o el reguetón: su principal recurso es el ritmo y por eso suelen ser muy bailables, hasta el grado, como es el caso del reguetón, de que se trata de simples adornos pegados a un armazón rítmico manifestado, casi siempre, en las percusiones.
El segundo elemento es igual de fundamental pero es un poco más complejo: la armonía. Vamos a evitarnos toda la parte matemática y de la Historia de la Música occidental (por ahora) porque esto no es una cátedra, así que relájate y sigue leyendo.
En cierto momento se descubrieron 7 sonidos fundamentales para el oído humano que se repiten a distintas alturas -versiones más graves o más agudas-: Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si (y Do otra vez, para completar la octava), la cual es la escala natural de Do Mayor, estos sonidos fueron llamados notas y los podemos identificar en las teclas blancas del piano. En medio escuchamos 5 sonidos que determinan la mitad de un tono entre las notas principales (con excepción de Mi-Fa y Si-Do) los cuales en consecuencia fueron llamados semitonos, bemoles o sostenidos, es lo mismo, dando en total 12 notas o sonidos que, ya lo dijimos, podemos escuchar a diferentes alturas, volúmenes y timbres – dependiendo del material o voz que los produzcan, no es lo mismo un Do de quinta escala tocado por un piano que por una guitarra, o cantado por un niño que por un hombre adulto, por un hombre barítono que por una mujer mezzosoprano-.
También, los curiosos y los compositores distinguieron que al ejecutar 2 o más notas juntas se producen sonidos que suenan “bien”, agradables al oído, y los llamaron “armónicos”, mientras que
otros sonaban extraños, desafinados, “desagradables”, y los llamaron “inarmónicos”, como ocurre al tocar dos notas que van una después de la otra juntas o, más aun, una nota y uno de los semitonos que se encuentran inmediatamente antes o después de ella (por ejemplo, Do y Re o Sol sostenido y La al mismo tiempo).
Esta búsqueda de los sonidos que se combinan para producir armonía -sonar lo mejor posible y generar frases musicales- dio nacimiento a los modos griegos que tanto se han usado por milenios: Lidio, Jónico, Mixolidio por un lado y Dórico, Eólico, Frigio y Locrio por el otro. En resumidas cuentas, los modos son escalas que nacen, sin agregar semitono alguno, de cada una de las notas naturales progresando una por una hasta el octavo grado (o sea, de Do a Do, Re a Re, Mi a Mi, etc.). Siglos después, desde una perspectiva más calculada y basándose en las distancias tonales y semi-tonales de Do Mayor (Do a Do sin alteraciones), se crearon las escalas Mayores y menores, las primeras siguiendo el patrón de Do Mayor y las segundas con bemoles o semitonos hacia abajo que disminuyen la escala (la hacen más grave) especialmente en la tercera nota, por lo que cada nota natural (desde Do hasta Si) tiene su escala Mayor y una menor. Hoy, no obstante, los compositores toman en cuenta tanto el sistema de los modos griegos como las escalas Mayores y menores para crear música.
En pocas palabras, tu canción está construida sobre un tiempo o ritmo y dentro de una armonía o secuencia o escala particular de sonidos que son su “armadura” -la canción elige unas notas y no otras dentro de la lógica de la escala y/o modo elegido, Do, Mi, Si, etc., Mayor o menor, modo Lidio, Frigio, Locrio, etc.-, aunque ésta puede ser variada dentro de la canción e incluir otras armaduras -como una alegre pieza en modo Lidio o Do Mayor que, para agregarle un tono épico y más intenso, introduce notas o acordes (conjuntos de notas) del modo Mixolidio-.
Lo que sigue es a la vez muy útil y bastante sujeto a discusión, pues implica mucha subjetividad:
¿qué emociones puede evocar una canción? Lo que mencionamos a continuación está basado en percepciones de cantidades estadísticas de gente, o sea, por una mayoría, pero tenemos que tomar en cuenta la experiencia individual y la determinación de la cultura en la que vivimos -la sensibilidad no es la misma hoy que hace mil años, ni aquí que Persia-. Se dice que las escalas Mayores, que se basan de Do Mayor y hacen menos uso de bemoles o semitonos, transmiten más luz, ligereza, alegría, armonía, conformidad, lo cual es compartido con sus modos griegos semejantes: Lidio, Dórico y Mixolidio, mientras que las escalas menores, disminuyendo con bemoles o semitonos particularmente la secuencia de primera (tónica), tercera y quinta, suelen ser asociadas con lo sombrío, la tristeza, lo inquietante y
hasta lo agresivo, por lo que también se les percibe como más raras e incluso inarmónicas, tal como sus modos semejantes: Dórico, Eólico, Frigio y Locrio.
Sin embargo, es esencial recordar que la emoción evocada por estas escalas y modos no es universal ni definitiva y mucho, muchísimo depende de lo que hagas con tus ritmos, melodías, alturas (graves o agudas) y hasta timbres. Tomando esto en cuenta, podemos encontrar canciones como el tema principal de Piratas del Caribe, que está escrito en modo Dórico pero que aun así suena alegre y épica. También hay que tomar en cuenta, como ya dijimos antes, la influencia de la cultura en la que se vive -sólo hay que escuchar música de diferentes latitudes como la árabe, la hindú, la china o incluso la de pueblos con una tradición más particular en América, África o hasta Europa, nada más es cosa de escuchar lo que se hace en ciertas localidades nórdicas, por ejemplo- y las experiencias y asociaciones de cada oyente, pues no todos evocarán la misma emoción con la misma música: hay quienes evocan tristeza al escuchar una movida salsa y quienes asocian el death metal o a Radiohead con la alegría.
Hasta aquí, nos damos cuenta de que la música, más o menos como dijo Erik Satie, son ciertos sonidos -armonía- ajustados en el tiempo -ritmo-. Son estos dos aspectos, nunca accidentales, los que ordenan el sonido para hacerlo música: correspondencia sonora y pulso. Hay una conexión entre las cosas: todo en este mundo vibra, los sonidos lo pueblan y, en progresión, el ser humano hace música, tal vez nuestra creación más sublime (después de cada cosa que hace alguien por ayudar a otro).
¡Mas no me he olvidado del tercer elemento, claro! Pero para aproximarnos a esa maravilla que es la melodía necesitábamos hablar antes de sus condiciones, la armonía y el ritmo. Comencemos, sin embargo, con la experiencia directa, que es lo hermoso de la música. Creo que hablo con verdad cuando digo que lo que la mayoría recuerda más de una canción son la tonada que sobresale, la que solemos cantar o silbar por días a veces, y el ritmo. Esa tonada que paradójicamente es lo más fácil de recordar de una canción, es lo más complejo de explicar (si es que es posible de explicar…).
La melodía es una secuencia de sonidos que ocurre dentro del ritmo y cuya elección nace de la armonía elegida para componer la canción, por lo que sí, es bastante impredecible y da muchísimo espacio para la creatividad, pero para nada es accidental. Es importante señalar que algo que distingue a la melodía de las percusiones, las secuencias repetitivas de sonidos que dan ritmo y acompañamiento (usualmente son los bajos, pero no siempre) y las escalas (de arriba para abajo y viceversa en secuencia progresiva de gravedad y agudez), es que la melodía es una sucesión cambiante y mayormente impredecible -hay frases ya “hechas” que se utilizan muuuucho, pero eso es tema para otra ocasión-.
Esto genera una especie de “línea ondulatoria” -se habla de “alturas” pues son sonidos más graves (bajos) o más agudos (altos)- armónica o musical memorable que produce una tensión maravillosa entre constancia y determinación -ritmo y armonía- y cambio e innovación. En otras palabras, si la melodía es memorable es porque responde a un ritmo y una armonía, tiene un cierto “sentido” -no creo que la palabra sentido sea la mejor, mas la uso para hablar de correspondencia y pulsación de los sonidos-, pero también es porque se trata de algo creativo, rasgo súper humano.
Es cierto sin embargo que hay otras condiciones que suelen determinar la línea o sucesión melódica: las notas o sonidos subsecuentes no suelen estar muy lejos unos de otros en términos de altura -difícilmente escucharemos un Do de la cuarta octava e inmediatamente después un Sol de la séptima octava, el cual es muy agudo de golpe- y en términos de tiempo -no van a pasar 8 compases (mucho tiempo) para que la siguiente nota de la melodía ocurra porque, en ese caso, se pierde la continuidad-, pero, fuera de esto, la tonada que te hace cantar sigue siendo uno de los aspectos más
creativos de la música. Al final, puedes pensar en la melodía, si quieres, como el frente de la canción, su tonalidad final, su resolución y su componente más sobresaliente y memorable -aunque ojo, hay música sin melodía o cuya melodía es bastante más compleja de lo que estamos acostumbrados o incluso dispuestos a escuchar, como es el caso de mucha música académica, como las fugas y los experimentos cromáticos, y de muchísimo jazz-.
¿Viste lo que me costó hablar con (cierta) claridad de lo que es la melodía, a diferencia del ritmo y la armonía? Como ves, la dificultad para definir la melodía radica en su impredecibilidad final, no hay matemática que nos ayude a decidir la siguiente nota, sí, hay un ritmo que nos da pauta y una armonía que nos da tonos con los cuales trabajar, incluso hay estudios para la constitución de “frases musicales”, pero el rumbo de tu canción siempre es decisión tuya, eres libre. No obstante, para no dejar insatisfechos a los amantes del cartesianismo, pido que se piense en 2 cosas (que se sientan, más bien): primero, recuerda aquella melodía que más te mueve, la que más disfrutas, y date cuenta de que no es sólo un tambor midiendo el tiempo ni 3 o 4 sonidos repitiéndose uno tras otro (a menos que sea Phillip Glass o la banda sonora de una película gringa de los últimos 20 años, iugh…), sino una rica y nueva progresión que con la belleza de un vuelo de mariposa te hace sentir, suena bien, correcta, verdadera, es algo más allá de cualquier limitada palabra o definición y te vale si está en Do o Fa menor o en tiempo de 6/8, sólo la cantas y eres libre, flujo, cambio, vuelo, creatividad desatada -¡sin negar la creatividad infinita que hay en las percusiones, los bajos, las capas y los adornos!-. Lo segundo que te pido que pienses y experimentes es esto: amamos la música tanto por su constancia ordenadora -ritmo y armonía- como por su evolución y revolución, su cambio, su innovación, su creatividad -melodía, cambios en el ritmo o tiempo y en la armonía; a mí personalmente me atrae más el aspecto fluido, innovador y sorpresivo de la música-.
Y la verdad de perogrullo: a todos nos encanta cantar esa cancioncita que sube y baja inesperada pero reconocida, vibrante.
Probablemente mis maestros de música me estén mentando la madre. Acabo de intentar explicar la música en menos de 4 cuartillas -aunque dejé fuera temas fascinantes, como la inclusión de inarmonías y ruido en la música etc.- y además tuve la desfachatez de hacerlo sin citar a un solo autor siquiera, ¡qué cínico! Pero todo esto fue completamente voluntario y premeditado: uno de los objetivos de esta revista y el mío en particular es el de hablar de temas relevantes para TODOS, incluir a todos en este inteligente y amoroso coloquialismo de nuestro “Acá entre nos”, así que si esperas reconocimiento o lenguaje en código por pertenecer a un grupo de conocimiento especializado o a una élite del credencialismo, te equivocaste de lugar maestro/a (noup, no voy a decir “maestre”); otro objetivo es el de generar ideas y no repetir como loros lo que las vacas sagradas hayan dicho, porque eso de “y cito:…” no, no… Nop, no es lo mío. Aquí no somos la “A”cademia, somos la gente para la gente. Mi otro objetivo no es dar respuestas, por cierto: yo hago preguntas y sólo cuando es necesario comparto herramientas que me han sido útiles, por si les resultan útiles también a otros. Esto es este artículo también, como todos los que he escrito para esta bonita revista.
Como dicen los buenos payasos que se suben a los camiones: no soy musicólogo, concertista ni una estrella de rock (cambié el “seré” por “soy” porque uno desconoce el futuro y porque uno tiene metas, jajaj), pero espero haber estimulado tu experiencia musical aun más y haberte provocado preguntas y curiosidad para ir más lejos, para que escuches más, disfrutes más, investigues y sientas más y mejor reflexiones, cantes, bailes y, tal vez, ¡hasta hagas tu propia música! Considera esto como el principio, y si no como un punto de inflexión y gran cambio, o al menos como un buen momento, ¿eh?
Nos vemos en la parte 4. ¡Saludos!
Por: Juan Mendoza



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