- Carta a mi padre
Intro
Esta serie de cartas es un experimento a través del cual quiero sacar, expresar y compartir mi corazón. ¿Exhibicionismo? Tal vez. Pero es sobre todo un acto de amor, a mí, a ti y a la persona, cosa, evento, emoción, memoria, idea, experiencia, etc. a la que le escriba. Como puedes ver, no siempre espero que mi carta sea respondida o siquiera leída por mi destinatario, aunque si alguna vez le cae en las manos y ocurre, bienvenido…
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Padre… No me sale fácilmente decirte papá y aun menos papi, perdóname… Vámonos mejor por el camino corto: Hola pa’.
Te escribo ahora por muchas razones, supongo. La primera es que, de todas las cartas que voy a escribir, me parece que la más retadora y la que debe ir primero es ésta, pues eres la persona con la que más me ha costado relacionarme y porque, bueno, pues eres mi papá, nada más junta estos dos hechos. Quererte ha requerido un gran esfuerzo, la mera verdad, y has sido el maestro (humano) más rudo que he tenido.
Aclaro: no tengo el más mínimo deseo de victimizarme ni de reclamarte, no voy a desperdiciar tiempo, energía ni espacio. Sobre todo quiero agradecerte, decirte que te quiero y, si llegas a leer esto, pedirte que me entiendas tú a mí; también quiero demostrarte que te entiendo y escribir hasta entendernos mejor a ti y a mí. Verás que, como pinta la cosa, es posible que esta carta resulte un desmadre compuesto de ideas dispares y sin ningún valor literario jajaj.
Dado que son varias las cosas que voy a desarrollar aquí, estoy seguro de que, si ahora supiera cómo romper tu cascarón y mejorar mi tacto a la hora de hablar, esto sería una plática, incluso una bonita discusión de hooooras y horas, o mejor, toda una serie de apasionantes conversaciones. Pero tendré que conformarme con este trozo de papel.
Entonces eso pa’, te entiendo. Las experiencias, tal vez especialmente las infantiles, a veces parecen arraigarse en forma de creencias y hábitos que puede llegar a costar un huevo remover y cambiar, sobre todo si te los reforzaron y los alimentaste por años. Pero créeme, todo cambia, incluso tú, sólo es cosa de que quieras decidir el cuándo, el cuánto y el cómo, pues ojo: al final de cuentas, aunque te resistas, vas a cambiar y la naturaleza te demandará asumir esos cambios.
En concreto: sé que tu infancia llegó a ser por momentos una pasadez de verga (es mi carta, así que voy a expresarme como quiera, lo siento), o sea “difícil”, porque no conociste a tu papá, tu mamá no te supo querer ni valorar plenamente, perdiste a figuras paternas a quienes quisiste y, para acabarla de fregar, te enseñaron a portarte de manera egoísta, intolerante y altanera, prepotente, materialista y berrinchuda, no tuviste la suerte de tener cerca en ese tiempo a una maestra de amor y sabiduría como mi mamá, tu esposa (pero luego sí la has tenido, y por décadas pa’, por dé-ca-das…). Te malcriaron, gacho, y creo que hasta antes de esta carta permitiste que ese fardo te hiciera más lento y pesado el camino. Pero pa’, checa muy bien mis palabras: tú lo permitiste, TÚ, pues origen no es destino.
He recordado muchas veces esa anécdota de tu infancia cuando, queriendo ganar unos centavos y sobre todo por empatía, ayudaste a una señora mayor a cargar sus bolsas en el mercado y regresaste a casa orgulloso de haber ayudado y con una lanita pa’ tus dulces en tu manita… “¡Pero si no eres criado, cómo te prestaste a hacerla de cargador!”, y te gritaron y te pegaron, te hicieron creer que hiciste “mal”. Pa’, lo siento mucho y te abrazo, con eso te partieron la madre de a feo, le partieron la madre a tu hermoso corazón, pues no hay nada mejor que dar y compartir.
Conforme fuiste creciendo y tu familia prosperando económicamente, te dieron dinero sin amor, sin sabiduría, y te hicieron sentirte patrón. Eres muy listo y no eras feo (tengo que decirlo, tengo tu cara jajaj), así que, con carro desde los 16 y luego con universidad privada, te sentiste jefe de jefes desde bien chavito, olvidaste la humildad y, con todo respeto a su memoria, con el ejemplo medio jodido de mi abuela aprendiste a tener un carácter de la vil chingada. Como muchos jóvenes creíste que el mundo te pertenecía solamente a ti y que nunca te ibas a equivocar (te entiendo), pero también, como tus hermanos y mi abuela, te aferraste a la arrogancia y la necedad, y el tiempo y la vida te terminaron poniendo un alto reventándote en la cara (te entiendo).
Terminar la carrera te costó y huir de un trabajo en el que la cagaste fue más fácil (pa’, todos nos equivocamos, especialmente de chavos), alejarte de tu carrera, conocidos y amigos y confiar absolutamente en el negocio familiar fue cómodo en su momento (hasta que se fue a la bancarrota), llevar a tu esposa y a tus hijas a vivir con tu mamá……………… Te entiendo, pa’, ¿quién soy yo para juzgar, realmente? En general yo hice lo mismo hasta antes de la parte de casarse y tener hijos, aunque no me vanaglorio de esto, que no sólo ha sido por responsabilidad, sino también por miedo, pereza y ambición.
Hoy te acepto también porque ya entendí que eres un gran maestro de paciencia, comprensión, compasión y solidaridad para mí y, dado que al fin reconozco tu amor, ya perdoné tus agresiones. A tu manera siempre has visto por mí, aunque sea sólo desde el aspecto material y profesional, como te enseñaron; tus muestras de cariño son torpes y desconfiadas y tus lecciones impositivas, como también te enseñaron, y por las carencias y desviaciones emocionales de tu infancia y juventud pues la verdad te creíste que el mundo es agresivo, y actuaste en consecuencia.
Pa’, yo también me comporté de manera muy egoísta, cobarde, soberbia y berrinchuda, lo digo para que sepas que reconozco mis errores. Pero, porque te amo, es el momento de decirte la neta: pa’, ya nadie te aguanta y creo que ya se te cumplió otro plazo, como me ocurrió a mí no hace mucho, o cambias o te quedas solo. Pero pa’, sé que vas a cambiar, sólo necesitas quererlo y actuar, sin importar tu edad, sin importar tus “problemas” ni mucho menos tu pasado, confío en ti aun cuando ya nadie más lo hace porque sé lo que es quedarte casi solo, lo importante que es que al menos una persona SEPA que tienes lo necesario y que vas a dar el siguiente paso. Sí, irónicamente la única persona que cree en ti y que no va a dejar de hacerlo soy yo, tu “enemigo íntimo” jajaj.
Pienso en la Historia moderna de la cultura occidental y veo que el concepto del padre ha sido cargado muchas veces de negatividad. Me vienen a la memoria Sigmund Freud (por supuesto), Franz Kafka, Pink Floyd, Joe Talbot de Idles, la tradición judía, Mozart de cierta manera, el peliculón del año pasado llamado After Sun… Cuando hablan de su padre lo hacen con pesadez, melancolía, enojo y rebeldía malsana, lo retratan como una sombra, una carga, un peso, una ausencia o un juez, como algo que les duele y que los persigue. Pero yo digo: Ya no más, es hora de madurar y, para hacerlo, hay que reconciliar.
Ahora, tal vez te parezca una cambio radical y chistoso lo que sigue, pero espero que al final todo tenga sentido.
¿Te acuerdas de que los sábados nos sentábamos a ver capítulos repetidos de Batman? Recuerdo cuánto te gustaba, siempre dijiste que era el mejor superhéroe porque es el “más humano”, porque no tiene superpoderes y aun así hace cosas increíbles. Se dice que uno puede identificarse más fácilmente con este personaje porque no vuela ni es capaz de aventar automóviles con sus manos, no es un ser ideal o perfecto pero su voluntad, inteligencia y enfoque lo hacen formidable; tiene “fallas” pero las supera. Tú sabes que yo estaba “enamorado” (¿qué no pedí cada Reyes Magos, durante toda mi infancia, sólo versiones y villanos de Batman?) y creo que este “gusto” es lo único en lo que estuvimos realmente de acuerdo hasta hoy, lo único que nos juntó en paz y alegría, al menos media hora cada sábado. El resto del tiempo era miedo y rabia contigo.
Pa’, déjame contarte algo rápido al respecto, ya entenderás adónde voy. Siempre le tendré cariño a algunos aspectos del personaje porque ¡vaya que lo usé para jugar e imaginar durante mi infancia! Fui feliz con esa fantasía. Y aun en años siguientes “me hizo mucha compañía” cuando más la necesité, me ayudó a aprender a dibujar, a apreciar las historias y a hablar inglés, y nos juntó a ti a mí en más de una ocasión. Pero el personaje ya no me gusta pa’, lo he dejado ir como el agua del río se lleva un trozo de papel.
Lo que pasa es que ya crecí. Ahora el único, de todos esos “superhéroes” que tanto me gustaron, que me parece útil y agradable es el primer Robin, Dick Grayson, ya como adulto (el tiempo también pasa en los comics). Batman puede parecer un héroe misterioso y genial pero, bien mirado, no es nada de eso, en realidad es sólo un niño millonario en cuerpo de adulto aferrado a un “trauma” de décadas, que manifiesta ira y dolor a golpes contra gente pobre y desequilibrada que fue arrojada al crimen por un sistema capitalista impiadoso, gente que al final de cuentas necesita ayuda y justicia, no una patada en los dientes.
No hay nada “cool” en un adulto que se aferra a un sufrimiento infantil, pa’, bien visto, Batman es un personaje retorcido y lamentable. Te dije que ahora me agrada el personaje del primer Robin y esto es porque Dick Grayson no sólo ayudó a Batman a salvarse del pesar y la rabia mediante su colorida y bromista alegría, con su dinamismo y calidez, sino que también se convirtió en la familia que Bruce Wayne tanto necesitaba. Luego, al crecer, Dick Grayson logra lo que Batman no quiso hacer: superó el “trauma”, se volvió un adulto feliz, funcional, amoroso y compasivo, se convirtió en un hombre que dejó atrás la tragedia del asesinato de sus padres y abrazó el cambio. A diferencia de su papá adoptivo, Dick Grayson no cree en el castigo sino en la ayuda, y entiende que la venganza y el miedo no llevan a ningún lado, por lo que enfoca sus energías más en dar amor y compasión: en lugar de dedicar su vida a golpear a los pobres y a los desorientados, los ayuda.
Ya puedes ver adónde va esto. El amor y el cambio son la única salida, el único camino, pa’. Me pasé la mayor parte de mi vida odiándote o teniéndote miedo o las dos y forzándome a ser “opuesto” a ti… Eso fue muy desgastante y no logró nada más que alejarme de ti y, sumado a otros temas, me dificultó el generar una personalidad saludable y el asumir mi adultez o, mejor, mi madurez. Pero ahora te estoy escribiendo, las cosas tienen mucho más sentido y nada, menos tú, es malo, ¿lo ves?
Entiendo que “sufriste” pa’, pero el sufrimiento es una ilusión y yo ya no cargo con eso, y es tiempo de que tú también ya dejes de hacerlo. Y repito, soy el único que confía en ti ahora pa’, nadie más cree en ti como yo lo hago y quiero que sepas que no te voy a dejar solo, que mis brazos siempre van a estar abiertos, que mi mano siempre estará extendida.
Tu hijo, Juan.
Por: Juan Mendoza



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