Los primeros conquistadores de América trajeron consigo el ganado bovino, lanar y porcino que en un principio sirvieron para su propia alimentación y años más tarde, introdujeron el toro de lidia utilizado para los espectáculos taurinos. En estos primeros años de la Colonia no existían los lidiadores profesionales y a los competidores sólo les importaba demostraban su valor, fuerza y poder frente al animal, de la misma forma que lo hacían los gladiadores en los anfiteatros romanos, donde luchaban contra fieras.
Nicolás Rangel[1], menciona que el 13 de agosto de 1529, durante la celebración de la fiesta de San Hipólito, se verificó la primera corrida de toros en la Nueva España, en esa ocasión se corrieron siete toros, dos de los cuales se mataron para donarlos a los monasterios y hospitales; esta fecha cobró gran importancia hasta la consumación de la Independencia de México, en mucho, por sus corridas de toros. A partir de entonces, los pretextos para organizar entretenimientos taurinos no faltaron, de tal forma que las corridas se llevaron a cabo por el cambio de virrey, en los días de San Hipólito y de Santiago, durante la jura de un nuevo monarca, por el parto de la reina o las bodas de los reyes, por la canonización de algún santo, los cumpleaños de los príncipes, virreyes o virreinas, por un tratado de paz, porque la flota llegó sin novedad o alguna otra buena noticia. Al mismo tiempo que se llevaban a cabo esas corridas, también se organizaban otras diversiones, como lo eran los juegos de cañas, sortijas y alcancías o alancear reses. La audiencia a estos eventos estaba representada por el virrey, el arzobispo, oidores, miembros del cabildo eclesiástico, del ayuntamiento, oficiales reales, doctores universitarios e inquisidores. Así como un grupo de mujeres, esposas de algunos influyentes, la virreina y su séquito, las esposas de los oidores y otras damas de la nobleza con su servidumbre.
[1] Rangel, Nicolás, Historia del Toreo en México: época Colonial (1529-1821), México: Imp. Manuel León Sánchez, 1924.
El mismo Rangel asegura que desde 1535, a los virreyes que llegaban a la Nueva España, se les organizaba una fiesta que duraba tres días. Se ponía un volador en medio de la Plaza Mayor y el sonido de las trompetas y atabales recibían a las cuadrillas. Así por ejemplo, cuando llegó la noticia de que don Gastón de Peralta, Marqués de Falces, llegaría como virrey, en su honor se prepararon torneos, juegos de cañas y corridas de toros con mucho glamour y color. El ayuntamiento ordenó la compra de ropa necesaria y mantas de Campeche para doscientos hombres de a caballo, a los que se les proporcionarían marlotas (vestidura morisca a modo de vestido exterior que cubre todo el cuerpo) pintadas de azul y naranja, así como lanzas y escudos de cuero para salir al ruedo. Además, se mandó a confeccionar una capa de oro y plata, a manera de manto, sujeta al pecho por una hebilla o broche, flecos de oro, plata y seda roja, varas doradas y cinco escudos con las armas de la ciudad. Por su parte, los regidores usarían ropa de raso carmesí, forrada de tafetán blanco, el escribano del ayuntamiento y el mayordomo de la ciudad portarían dos ropas francesas de raso forradas de tafetán, los maceros usarían ropa francesa con casacas largas de tafetán verde, sin botones y los músicos, vestidos de paño azul y amarillo.
Por: Guadalupe Prieto Sánchez


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