No vengan a mi buscando una autoridad
Vengan a mi para encontrarse a ustedes mismos
Si entraras a una iglesia y encontraras esa frase escrita en un muro, justo donde pudieras leerla antes de acercarte al altar, ¿Te detendría unos momentos a pensar?
Mi primera reacción sería preguntarme: ¿quién está hablando aquí? ¿Jesús? ¿La Iglesia? ¿Un maestro espiritual? ¿O es una invitación dirigida a todos los que entramos buscando respuestas?
Y después pensaría en algo más profundo.
1/. ¿Estoy aquí para encontrar a Dios o para que alguien me diga cómo encontrarlo?
Muchas personas entran en una iglesia buscando consuelo, perdón, esperanza o respuestas.
Algunas llegan con fe; otras, con dudas; otras, con un dolor que no saben expresar.
Esa frase me haría pensar que quizá no basta con escuchar lo que otros dicen acerca de Dios. También necesito examinar mi propia conciencia, mis intenciones y la manera en que estoy viviendo.
2/. ¿He confundido la fe con la obediencia?
Me preguntaría si alguna vez he aceptado algo únicamente porque lo dijo una persona a la que considero una autoridad religiosa.
No interpretaría la frase necesariamente como un rechazo a la Iglesia, a los sacerdotes o a las enseñanzas de Jesús. La entendería como una invitación a no renunciar a mi capacidad de reflexionar, preguntar y comprender.
La fe y las preguntas no tienen por qué ser enemigas.
3/. ¿Y si el verdadero encuentro comienza dentro de mí?
Esta sería la parte que más me haría reflexionar.
Tal vez llevo años buscando respuestas en libros, ceremonias, oraciones y enseñanzas, pero todavía no me he detenido a observar mi propio corazón.
¿Soy compasivo cuando nadie me observa? ¿Perdono de verdad? ¿Actúo con honestidad? ¿Busco a Dios por amor o solamente cuando tengo miedo?
La frase me recordaría que el conocimiento espiritual no se mide únicamente por lo que uno sabe, sino también por aquello en lo que uno se transforma.
4/. ¿Qué pensaría si creyera que Jesús está hablando?
Si interpretara que esas palabras proceden de Jesús, sentiría curiosidad por compararlas con sus enseñanzas.
Recordaría Mateo 23:8-10, donde llama a sus discípulos hermanos y cuestiona la búsqueda de títulos y posiciones de superioridad religiosa. También recordaría Juan 8:32: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».
No concluiría que Jesús rechazaba toda autoridad, pues los Evangelios también presentan su propia autoridad espiritual. Pero sí encontraría una pregunta importante: ¿de qué sirve seguir a un maestro si no permito que su enseñanza transforme mi manera de vivir?
Lo que más me impresionaría
Hay algo especialmente provocador en esa frase cuando se coloca dentro de una iglesia.
Un templo suele ser un lugar al que acudimos para escuchar enseñanzas, recibir orientación y participar en una tradición espiritual. Sin embargo, esas palabras desplazarían momentáneamente la atención de quien enseña hacia quien escucha.
No eliminarían necesariamente la figura del maestro. Cambiarían la pregunta sobre su propósito.
En lugar de preguntarme únicamente qué debo creer, me preguntaría qué necesito comprender.
En lugar de buscar a alguien que decida por mí, buscaría aprender a discernir.
Y en lugar de salir de la iglesia sintiendo que he recibido todas las respuestas, quizá saldría con una pregunta que me acompañaría durante mucho tiempo.
¿He venido a buscar a Dios o he venido a buscar a alguien que me diga quién es Dios, sin haberme atrevido a examinar nunca mi propia vida?
No son búsquedas incompatibles. Pero sí son diferentes.
Y una última cosa: si esa frase estuviera escrita en una iglesia, no asumiría automáticamente que es una cita auténtica de Jesús. Querría conocer su autor y su intención antes de atribuírsela.
Aun así, me parecería una invitación poderosa a la introspección.
Porque una iglesia puede enseñarte a mirar hacia el cielo, pero también puede ofrecerte un espacio para mirar dentro de ti. Y ambas miradas pueden convivir, siempre que no confundamos la reflexión personal con la certeza absoluta de poseer la verdad.
Por: Conejo Blanco


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