“La guerra está a una bala de distancia, niños. El amor está a un beso de distancia, mujer.”
En el artículo pasado te pregunté por qué te gusta la música por primera vez. ¿Ya lo reflexionaste, lo sentiste? No hace falta que respondas, sólo que te lo preguntes, de cualquier manera no creo que contestes lo mismo después de pasado un tiempo.
Insisto en que mi respuesta sólo aspira humildemente a estimularte, como un golpecito en una zona refleja o una caricia, o una broma… Hoy la extiendo hablando sobre lo que experimento con las palabras cantadas.
“Te voy a murmurar una canción sobre nada
en particular.”
Primero quiero señalar un hecho tan obvio como importante: la voz es un instrumento musical universal y parece que todos disfrutamos no sólo de sus tonalidades, sino de los sonidos que el sistema fonatorio articula, la garganta, la lengua, los dientes, el paladar, los labios, el conducto nasal. Cuando nos cantan no sólo emiten voz sino que tararean, hacen sonidos que podrían ser palabras o lo hacen en una lengua que desconocemos por completo, pero aun así lo disfrutamos -muchas veces he pensado que resulta mejor no entender lo que la letra dice-. ¿Será porque, después del latido del corazón de nuestra mamá, lo primero que escuchamos es su voz, que no entendemos pero sabemos…?
¿Es importante lo que dice la canción? Sí y no. Hay canciones que he disfrutado y hasta cantado durante años sin saber o darme cuenta de lo que dicen, sólo dejándome llevar. Esto me remite a lo que ya comenté: la música es la experiencia más sensorial de las expresiones humanas y aquella que nos arrebata más radicalmente de toda conceptualización con la que estemos enredados, aquella con la que podemos decir con más naturalidad “a la mierda el sentido” y dejarnos llevar más allá -o más acá-. En este caso, lo que menos importa es lo que la canción diga, y yo digo: ¡Bien!
“Todo es importante para mí.”
Pero muchas otras veces, lo que me dice la canción, lo que me puede llegar a decir y la manera en que me lo dice son de vital importancia. Aquí es donde la poesía es flama o agua.
La pregunta que necesariamente surge es: ¿qué es poesía? El espacio que aquí me permito es muy corto y mi intención no es, ni de cerca, la erudición, así que, por supuesto, sólo comparto mi experiencia. La poesía para mí es, primeramente, un dispositivo para desarticular el significado y el uso habitual de las palabras, o sea, una maravillosa forma de romper el sentido común para decir cosas nuevas, inusuales, novedosas, insensatas, provocadoras, revolucionarias y apasionantes, pues es necesario quebrar, deshacer y poner el mundo de cabeza de manera cotidiana si no queremos quedar atrapados en las ideas.
Así, una de mis canciones favoritas, “I’m scum”, de Idles -recomendada en un link al final del artículo pasado-, nos dice que no hay nada más punk que ser rebeldes, conscientes y amorosos en un mundo de frío materialismo, egoísmo, aspiracionismo mercantil y
corporativismo insaciable; si ser normal y aceptado implica ajustarse a esos estándares, entonces “soy escoria” y a mucha honra, prefiero quedarme al margen.
En segundo lugar, la poesía para mí es un mensaje auténtico, cada vez que una persona se expresa desde su corazón creo que está haciendo poesía, y estoy convencido de que cuando realmente intentamos decir nuestra experiencia, honesta y apasionadamente, las palabras y frases que emitimos son naturalmente originales y profundas, poesía. ¿Cuántas canciones de amor se componen diariamente? Aurora canta: “un átomo y una estrella, tú eres una parte del movimiento y todo es importante para mí”
-ver también la lista pasada de recomendaciones-, mientras que Perotá Chingó nos cuenta sobre los hermosos seres extraños que se sientan solos en las fiestas mientras piensan en cómo cambiar al mundo, parecidos a la “Historia de un artista” de Daniel Johnston. Esta experiencia auténtica puede hablar, por supuesto, de algo que vivimos personalmente o de algo que observamos empáticamente en otros.
Hasta ahora la poesía es un fuego que inflama la sensibilidad y el entendimiento.
Pero también la poesía es agua y aquí su aspecto musical es de especial utilidad.
Yo rechazo abiertamente la promoción de la aflicción. Hay demasiados productores que, con su música, películas, libros, etc. te gritan “¡siente mi sufrimiento!” y esto, por el hecho de que el sufrimiento es sólo una ilusión de la mente, me provoca un aburrimiento infinito. No obstante, hay canciones que, a pesar de que desprenden lágrimas y sangre, no son morbosos berrinches, sino verdaderas catarsis, pues gritar y llorar, cuando se hacen para liberarse, son expresiones útiles. Aquí el arte lava el sufrimiento, el dolor y la confusión y, gracias a esta disolución, resulta algo hermoso, y si hay una expresión estética capaz de purificar por completo, ésta es la música. La música, como el agua, se lo lleva todo.
La poesía originalmente era cantada y así lo fue durante milenios. Su función era la de abrir puertas divinas, acceder a la trascendencia y purificar, lo cual no ha cambiado mucho realmente. Sólo desde hace unos siglos para acá se empezó a recitar poesía sin música pero, como la rima y la métrica lo atestiguan, la música nunca se fue de la poesía, se quedó prendida en su tiempo y sus reiteraciones. De hace un siglo para hoy se comenzó a hacer poesía en prosa, pero su aparente ausencia de musicalidad señala, inevitablemente, a la música de una manera inherente y sutil, como cuando te dicen “no pienses en un elefante”. Además, muchos de esos poemas en prosa se han convertido en canciones, como “Palabras para Julia”, de Juan Goytisolo, vuelto canción por Paco Ibáñez en 1969 -ah, los ‘60, esa gran década-. En otras palabras, hasta la poesía menos sensorial no puede evitar su origen, su naturaleza. Al final de cuentas, la ruptura del orden lógico y habitual, de la linealidad, la disolución del lenguaje que busca la poesía -hermosa paradoja- ocurre al máximo mediante la música.
En las siguientes partes de esta conversación seguiré sorprendiéndome a mí mismo con mis respuestas a la pregunta de por qué nos gusta la música, y si esto es así, imagínate cuánto me fascinarán las tuyas, por lo que te pido que comentes todo lo que quieras. Y siguiendo lo acordado, la próxima semana vamos a comentar sobre la experiencia dispar entre escuchar una canción y, por otro lado, un conjunto de sonidos cualquiera, sin importar cuán agradables sean. ¿Cuánto hay de artificial en la música y en qué consiste este artificio?
Espero dejarlos con más preguntas que respuestas, de otra manera creo que habría fallado. Aquí una nueva lista de recomendaciones que espero los estimulen a buscar más y más y más y más…
¡Hasta la próxima semana!
https://www.youtube.com/watch?v=8ieSxX5uKv4 https://www.youtube.com/watch?v=DmXh5_TB42g https://www.youtube.com/watch?v=qaoJfBUN2XA https://www.youtube.com/watch?v=DmF-LsJptNk https://www.youtube.com/watch?v=UlzKe8BMEGQ https://www.youtube.com/watch?v=E_5vYiLLh8k https://www.youtube.com/watch?v=oVlaU2In6n0
Por: Juan Mendoza



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