Sin duda en la infancia de todo niño feliz existieron tres tipos a los cuales les echamos la culpa de no haber tenido lo que les pedimos cada 6 de enero con tanta ilusión y alegría que la fecha acordada era día de fiesta para toda mi generación.
La magia, la fantasía y la impaciencia de todo chiquillo se concentraba en solo tres nombres, Melchor, Gaspar y Baltasar. Los cuales traían dicha y felicidad a nuestros corazones tiernos cada día de reyes junto con un pedazo enorme y delicioso de rosca acompañado de un chocolatito caliente para no ahogarnos con tanto pan y frutos secos en cada mordida dada.
Un muñequito bien escondido era la gracia que anunciaba la suerte de algunos para que llegando el 2 de febrero se discutieran como padrinos con tamalitos y champurrado para todos y así amarrar la última festividad del año con motivo de la navidad.
Regresando a la noche del 5 para amanecer el 6 todos y cada uno de los infantes de cada casa se dormían lo más temprano posible para despertar igualmente lo más rápido posible y descubrir los regalos que podían encontrarse ya sea en la puerta de la habitación o debajo del árbol bien acomodados y separados para cada pequeño que recibiría lo expresado en su cartita de comunicación directa con nuestros buenos reyes magos.

Ya sin importar en muchos casos que los reyes no cumplieran con las peticiones al pie de la letra, gozábamos con nuestros obsequios aunque fueran de lo más sencillos y escasos a diferencia de la lista enorme y choncha que habíamos redactado siempre hasta dos meses antes del gran día.
La magia se hacía presente, los gritos de emoción no paraban y el momento de armar, acomodar, pegar y sacar de cajas y envolturas los regalos era una experiencia que hasta hoy no cambiaría por nada del mundo en mi vida.
Por eso y muchas cosas más… Un millón de gracias mis muy queridos Melchor, Gaspar y Baltasar saben que los amo y que gracias a ustedes conozco la ilusión, la fantasía, y reconozco el sacrificio y la dicha de tenerlos en mi vida!
ATT
El Rucochavo
De Colecciotitlan
P.D. aún recuerdo que mis papas me enseñaban en el cielo limpio de la noche, tres estrellas juntas con sus nombres que podía ver acercarse y alejarse montados en sus animales, mientras les decía en mi mente de niño hola y adiós.


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